De preguntarle cosas a ChatGPT a construir mi propio sistema

Cuando empecé a utilizar ChatGPT, en marzo de 2024, lo utilizaba más o menos como había utilizado Google durante años.

Tenía una pregunta. La hacía. Obtenía una respuesta. Cerraba ChatGPT y seguía con mi vida.

No había ningún sistema.

Ni proyectos, ni GPTs personalizados, ni instrucciones, ni una estrategia especialmente sofisticada.

Simplemente preguntaba cosas.

Y durante un tiempo fue suficiente.

Hasta que empecé a darle problemas de verdad

No recuerdo un momento concreto en el que todo cambiara.

Fue más gradual.

Empecé a utilizar ChatGPT para preparar viajes, organizar documentos personales, resolver asuntos familiares, revisar cosas del trabajo, entender documentos, redactar correos o pensar cómo abordar problemas que normalmente me habrían obligado a abrir diez pestañas, buscar información, tomar notas y después intentar poner orden.

Y empecé a notar algo.

No era solamente que ChatGPT pudiera darme respuestas.

Podía ayudarme a trabajar de otra manera.

Podía darle documentos. Podía mantener una conversación sobre un asunto durante días. Podía pedirle que comparara información, que la organizara, que detectara lo que faltaba o que me ayudara a decidir cuál debía ser el siguiente paso.

Sobre todo, empecé a descubrir que muchas cosas que antes me llevaban bastante tiempo podía hacerlas mucho más rápido.

Pero apareció otro problema.

Cuanto más utilizaba ChatGPT, más conversaciones tenía.

Y cuanto más útiles eran esas conversaciones, más importante empezaba a ser no tener que explicar desde cero quién era, qué estaba haciendo o cómo quería trabajar cada vez que abría un chat.

Ahí empezó otra etapa.

Cuando ChatGPT dejó de ser una sucesión de preguntas, también apareció un problema nuevo: cómo organizar todo aquello.

Empecé a organizar ChatGPT

Los Proyectos fueron una de las primeras respuestas.

En lugar de tener conversaciones completamente independientes, podía agruparlas, añadir instrucciones y mantener un contexto.

Y eso, que parece una diferencia pequeña, cambió bastante mi manera de utilizar ChatGPT.

Ya no tenía que empezar siempre desde cero.

Podía tener un espacio para documentos, otro para comunicaciones, otro para analizar información, otros para cuestiones concretas de mi vida personal o profesional.

No los diseñé todos de una vez.

Fueron apareciendo porque los necesitaba.

Y tampoco acerté siempre.

He creado proyectos que sigo utilizando muchísimo y otros que prácticamente he abandonado. Algunos se solapan. Algunos seguramente hoy los organizaría de otra manera.

Pero eso también me interesa.

Porque durante mucho tiempo pensé que estaba simplemente organizando mejor ChatGPT.

Ahora creo que en realidad estaba empezando a construir una forma de trabajar.

Después descubrí que podía crear mis propios GPTs

Y aquello abrió otra puerta.

Si había determinadas tareas que repetía, ¿por qué no crear una versión de ChatGPT preparada específicamente para hacerlas?

Empecé a experimentar.

Creé GPTs para redactar, analizar normativa, aprender, trabajar con farmacovigilancia, construir prompts o realizar determinadas tareas profesionales.

Les añadía instrucciones.

En algunos casos, documentos.

Probaba.

Corregía.

Añadía más instrucciones.

Volvía a probar.

Y, como suele ocurrir cuando descubres algo nuevo, probablemente también me excedí.

Llegué a intentar definir con bastante precisión cómo debía comportarse cada uno: qué tenía que comprobar, en qué orden, qué debía preguntarme, cómo debía responder o qué criterios debía utilizar antes de dar un resultado por bueno.

Algunos fueron muy útiles.

Otros no tanto.

Y algunos de los que parecían imprescindibles cuando los creé hoy casi no los utilizo.

Durante una etapa intenté convertir tareas que repetía en GPTs especializados. Algunos sobrevivieron. Otros fueron experimentos.

Y entonces el sistema volvió a cambiar

Con el tiempo he terminado utilizando una mezcla.

Para una pregunta sencilla, sigo abriendo un chat.

Para determinados asuntos utilizo Proyectos, porque quiero conservar contexto, documentos e instrucciones.

Para algunas funciones concretas todavía recurro a GPTs que he creado.

Y últimamente estoy empezando a utilizar Work cuando lo que tengo delante ya no es solamente una conversación, sino algo que quiero desarrollar y mantener como trabajo.

También he instalado ChatGPT en el ordenador y estoy intentando entender cuándo me aporta algo frente a utilizarlo en la web.

No tengo una respuesta definitiva.

De hecho, sospecho que dentro de un año volveré a organizarlo de otra manera.

Y quizá esa sea precisamente la parte interesante.

No construí un sistema. El sistema fue apareciendo.

Nunca me senté delante de una hoja en blanco y pensé:

«Voy a diseñar mi sistema personal de inteligencia artificial.»

Simplemente tenía cosas que hacer.

Un viaje que organizar.

Un documento que entender.

Un correo difícil que escribir.

Información que comparar.

Algo nuevo que aprender.

Un problema de trabajo.

Una cuestión familiar.

Y fui buscando maneras de hacerlo mejor.

Primero preguntando. Después conversando. Después guardando contexto. Después creando proyectos. Después construyendo GPTs. Después descubriendo que algunas de aquellas ideas eran demasiado complicadas y simplificándolas otra vez.

Y sigo haciéndolo.

Quizá por eso me interesa recuperar apothemary ahora.

No para explicar cuál es la manera correcta de utilizar la inteligencia artificial.

Ni para enseñar el sistema perfecto.

Sino para observar algo bastante más sencillo:

qué ocurre cuando una persona normal empieza a incorporar seriamente la IA a su manera de pensar, aprender y trabajar.

Porque eso es, exactamente, lo que me está pasando.


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